miércoles, 7 de julio de 2010

SERÓN VISTO POR UN TIJOLEÑO

www.tijolayalrededores.blogspot.com

De antemano he de pedir humildes disculpas por mi ignorancia y desconocimiento de las cosas más cercanas. Uno de los objetivos de este blog era descubrir nuevos lugares, nuevas miradas sobre las cosas. A veces sin imaginar que mi ceguera era tanta.

Serón comparte con Tíjola, muchas más cosas de las que podemos apreciar a simple vista. O quizás esa primera vista, sea algo miope, porque si no es dificil entender que seamos unos desconocidos. Su historia, la de ambos pueblos, está unida ineludiblemente y es facil apreciar que del conocimiento mutuo podemos enriquecernos y entendernos mejor.

No se, ni me interesa, cuándo y por qué comenzó esa rivalidad entre los dos pueblos. Pero es bueno alejarse, ver otras realidades, ver otros mundos y desposeernos de nuestro pequeño mundo, volver al origen, y apreciar lo que te rodea con una mirada nueva. Creo que ese ha sido el motivo de mi descubrimiento tardío de Serón; y de ahí mi sorpresa; y de ahí esta entrada.

Los que no somos de Serón, siempre decimos con cierta sorna "que bonito es ... de lejos". Lo es. De lejos y de cerca. Pasear por sus calles más antiguas y pegadas al Castillo, hace que te traslades a épocas lejanas, que el tiempo se pare, que tu mirada no se centre en el Castillo o en la torre de la iglesia, sino en las magníficos paisajes que lo rodean. Quiero pensar que la razón para asentar el pueblo en este lugar no solo fue cuestión de estrategia defensiva, sino que la panorámica enamoró a los que tomaron esa decisión. Como enamora a todo el que la comtempla, ya sea en plena floración de almendros, o con un manto de niebla posado sobre el valle.

Senderos como el de la Alconaiza, ayudan a agrandar aún más su belleza, y más si es un año de lluvia y nieve, que hace que el río tenga un sonido más alegre. Y más si llovizna levemente y tienes la suerte de que el Arcoiris una, cuan puente, el pueblo blanco con los verdes bancales.

Así que si. Me confieso como uno más de los muchos admiradores de Serón. Un tijoleño.

martes, 6 de julio de 2010

ESCENAS DE MI CALLE 3, POR PACO CÁNOVAS


Y hablando de juegos, los JUEGOS de “salón” de los niños de la Umbría -calle y cuesta- eran los propios de la época:

-Las bolas: ¡Qué valiosas eran las cristalinas de las gaseosas de los Cantariles! Suya era la casa que iba a continuación de la taberna del Sordo, una vez empezada la calle a mano izquierda; tenían la fábrica en los bajos, que daban a la acequia (donde nuestras madres lavaban la ropa antes de que la cosa se modernizase con el agua corriente en las casas, fuese verano o aquel invierno de auténticos chuzos de punta como los que se formaban en las terreras del río Bolonor), debajo de las azoteas que construyeron al hacer la carretera. Jugábamos preferentemente en invierno en los portales alumbrados por una triste perilla de 15 bujías (el más frecuentado era en nuestro caso el de Encarnica la Cereña, vecina nuestra); especialmente si los enlosados tenían “calvas”, cosa habitual como puede apreciarse en las fotos de la época. Me parece recordar que una de las modalidades de juego era con un hoyo: quizás una especie de mini-golf. Ahora, cuando veo un coche con alguno de los colores vivos de aquellas bolas de arcilla, siento cómo se me activan las evocaciones sensitivas, volviendo a disfrutar de algo de esa lejana infancia.

-Las trompas, cuya punta era sustituida por un clavo bien limado en la herrería de Arturo; después he pensado que con mucha paciencia por parte de éste y sus hijos Paco y Jesús, pues éramos muchos los niños que les llegábamos con el “encargo”; lo que no sé es por qué no íbamos al otro herrero, Juan el Herrero, marido de Carmen Oller, que vivía en la calle Gadil, junto a la churrería de Saturnino que tan buenos churros hacía; ¿sería porque ya no ejercía?; de él sólo recuerdo haberlo oído tocar el acordeón, a propósito del cual había alguna coplilla por el pueblo un tanto grosera. También me parece recordar que allá por los primeros 50 se formó una agrupación de jovencitas majorettes (DRAE) que desfilaron circunvalando el pueblo acompañadas quizás por el acordeón, o por bandurrias...; no consigo precisar bien; lo que sí recuerdo es una canción que interpretaban la Estudiantina Portuguesa: “Somos cantores de la tierra lusitana... ay, Portugal, por qué te quiero tanto..”

-Y, me llama la atención especialmente al recordarlo, los cartones: esas tapas de cartón de las cajas de cerillas de la época (nuestras madres verían difícil conservarlas intactas hasta que se gastaran) que movíamos con un utensilio auténticamente prehistórico, del paleolítico: piedras supuestamente planas de una forma determinada con las que, a golpes, movíamos los trocitos de cartón (¡valiosos montones de cartoncitos se veían en las manos de aquellos niños que tenían habilidad para ganarlos!).

Aparte estaban los juegos de mayores espacios (recojo sólo algunos; dejo para otro los de “pillar”, escondite, saltar, marro, etc)

-El fútbol, para nosotros “pelota” de trapo y en ocasiones de goma, casi siempre en la Plaza de Arriba, perseguidos constantemente por las Lateras -mención especial, y sin embargo cariñosa, de Lola- y Dª Paca Rovira, a quienes no dejábamos descansar; pero no eran las únicas: también sufríamos el acoso de un enorme perro-¿alguien se acuerda de su nombre?- que tenía Dª Encarnación Jiménez, vecina que vivía a continuación de las Lateras en un considerable caserón señorial; si veis las estupendas fotos del álbum de Fredy donde aparece dicha Plaza, a continuación de la Ermita y haciendo rincón está la casa que habitaron Diego Pérez y familia; justo enfrente, al otro lado, estaba “la casa del perro”; la plaza tenía solamente algunas acacias anémicas cuyas flores comíamos en primavera (¡no había hambre!), por lo que no encontrábamos grandes obstáculos.

También jugábamos, huyendo de nuestras “acosadoras de arriba”, en la explanada al pié de la misma y ya hecha carretera pero sin apenas coches.

En el Anchurón de la Carretera General que había bajando por la balsa de la tía Portala: éste era un campo más para eventos de nivel inter-barrios, duelos entre calles, etc.; incluso allí se celebraron corridas de cintas con bicicleta en las fiestas de Agosto (también en la recta del Cuadrado), pues a ambos lados de la carretera había declives o ribazos donde se ubicaba el público.

Los partidos solemnes se celebraban en el campo de Las Eras donde se escuchaba, no sé por qué, aquello de

“a la bi,
a la ba,
a la bim, bom, ba,
el Cuervo,
el Cuervo,
y nadie más;
si Serón no tiene fama,
nadie le gana
de por aquí”.

No recuerdo que Serón en aquella época ganara muchos partidos.

-Se practicaba el frontón en la pared de la Ermita; recuerdo reñidos partidos en los que intervenían –entonces eran jóvenes- los telegrafistas, González (que tenía allí, al fondo a la izquierda, debajo de la vivienda de aquellos, su “academia” donde por las noches aprendieron cultura básica y mecanografía muchos jóvenes que no tenían otra oportunidad por haberse incorporado al mundo laboral en su infancia), mi tío Pepe... en fin, muchos. Me hablaban mis padres de que ya se practicaba en los años veinte, cuando ellos eran jóvenes.

-Y la misma Plaza se convirtió a finales de los 50 en cancha municipal con canastas para la práctica del baloncesto; recuerdo el partido de inauguración que jugamos contra Tíjola, nuestros fraternales enemigos, y que perdimos, como casi siempre.

¡Hay que ver lo que la emblemática Plaza de Arriba ha dado de sí! Pues si nos ponemos a recordar, tendremos que hacer alusión a su periódica metamorfosis en circo (merece un capítulo aparte: ¿cómo, intentando emular a los trapecistas, no nos “esnuclamos” entonces colgados del techo en maromas aprovechando los agujeros hechos para colgar el camal de los cochinos en la matanza?), su anual participación en las fiestas como sede del castillo de fuegos artificiales y, según contaban nuestros mayores, plaza de toros: para que no faltara de nada.

Os dejo aquí algunos nostálgicos recuerdos de la calle donde viví mi niñez y que se cortaron cuando con cerca de 12 años me fui a estudiar a Almería, volviendo sólo en vacaciones escolares y quedando bastante desligado de su vertiente más vital. Posiblemente OTRO DÍA SURGIRÁN NUEVAS REMEMBRANZAS (hilvanadas, como he podido observar releyendo las líneas anteriores, por cuatro palabras: recuerdo, me acuerdo, memoria, olvido: ¡que triste sensación!) que pasaré al papel electrónico para castigo de los seronteuveros que pierden el tiempo leyendo mi rollo macabeo (dicen que esta palabra aramea significa “martillo”; es, por tanto, la apropiada al caso). Abrazos para todos los paisanos.

sábado, 3 de julio de 2010

ESCENAS DE MI CALLE 2, POR PACO CÁNOVAS


Había varios TALLERES relacionados con la costura (podría también apodarse la Umbría como la del Gremio de Textiles):

-Comenzando por el más cercano a la Plaza de Arriba, estaba el primero el de Martirio (esposa de Domingo el de la Luz –cuya defunción en la tarde del Jueves Santo cita Néstor en el Foro-): tenía manos primorosas para el bordado que los niños admirábamos al otro lado de las rejas de la ventana donde trabajaba; su casa estaba en el primer ángulo, donde gira la calle; era medianera con la casa del tío Juan Martín empleado de la Compañía en Los Canos, con quien vivía un nieto de nuestra edad –Juanito Morillas- y que está a mi lado (1º de la izquierda) en la foto de la Escuela de D. Paco. Celebraron en la casa una vez la boda de algún familiar y los niños andábamos por la calle dando vivas a los novios y esperando recibir algo: nos dieron abundantes algarrobas y agarré una indigestión de la que me he acordado toda mi vida.

- Como ha recordado Néstor en la Necrológica de su tía Encarna, avanzando calle adelante se llegaba al taller de su abuela y tía que de niños frecuentamos y revolvimos como nuestra edad demandaba. Tengo un recuerdo menos preciso porque quizás era yo demasiado pequeño.

-Luego venía el de Justica (mi madre). Me parece recordar que ella había aprendido en un taller que hubo en la Cuesta Baillo (acabo de ver hoy precisamente en el lateral de un automóvil un rótulo en el que aparece esa palabra pero como Vaillo; consultado “El gran libro de los Apellidos” de J.Mª Albaigès, la constata como variante de Vadillo, sin descartar Badillo, palabra aplicada en Santander al “badil/badila”, que como debemos saber todos es el instrumento con que se manipula el brasero –de brasas, claro-). Luego se instaló por su cuenta. Era costumbre que cada modista tuviera su clientela, sin notar yo nunca que hubiese fricciones entre aquellas por competencia desleal ni nada parecido. Entre las oficialas que yo recuerdo puedo citar a la Quicos la de Canata; su hermana Mariquita ha venido regentando, junto con su marido Domingo, durante muchos años el restaurante del Anchurón. Estaré agradecido mientras viva a este matrimonio: viviendo ellos en Bélgica (Dinant, un pueblo precioso, digno de visitar) me acogieron cuando yo me desplacé allí una temporada. Recuerdo una anécdota que demuestra lo pequeño que ya en los años sesenta era el mundo: estábamos Mariquita y yo en una tienda y nos encontramos de sopetón allí a la chica de servicio y a ¡D. Renato! su jefe, director o similar de la Compañía de Menas, que estaba comprando algo, camino de Holanda (por cierto que la muchacha nos trató con un incomprensible –o no- desdén); también del Reconco vinieron la Quicos de la Mamachón y Dolores la de Pepe el Guardilla. Del pueblo asistieron Julia, hija de Enrique Maqueque (a la sazón noviaba con mi hermano Antonio) y Matilde la Churrera, hija de Saturnino; y una pequeña temporada Pilar Borja, hermana de Paco, el anterior Alcalde y compañero mío de estudios en Almería. Seguramente hubo más pero no me vienen a la memoria.

-Josefilla la Ratona, mujer de Juan el del Marchal, venía a continuación, siempre con numerosas y bullangueras oficialas. Estaba frente al cañillo de la Umbría. Y en el mismo edificio, junto al taller, vivía el tío Pedro la Vega, ganadero de VACAS LECHERAS que alojaba en las cuadras que había debajo de la casa, con acceso por debajo de las azoteas de la carretera; cuando aquellas pacíficas vacas de respetable cornamenta se acercaban, al regresar de pastar, sorprendiendo a los niños jugando bajo las azoteas, a mí me daba auténtico terror. Siendo muchacho pasaba yo con el tío Pedro algunas veladas de invierno en el taller escuchando Radio Pirenaica (había que estar informado) mientras Josefa seguía con su costura y Juan su marido atendía las matanzas que hacía por las casas del vecindario, pues era un buen “mataor”. No entiendo por qué al “capaor” municipal, vecino también al principio de la calle, le llamaban el tío Juan Vacas, pues no recuerdo que las tuviera. En el ensanche formado entre la casa de Josefa y el Callejón con el cañillo ya habíamos quemado la hoguera de Santa Lucía, que formábamos principalmente con zarzales y cambroneras traídos de lejanos parajes de la Alconaiza donde casi todos los vecinos teníamos algún huerto, y los hachos del esparto de las “atochás” que nuestros padres elaboraban con gran destreza; en esa época todavía no existían talleres municipales ad hoc.

-Continuaba Teresa la del tío Antonio el Pintao, que cosía ropa de hombre, mujer graciosa donde las hubiera; por las noches, tras la cena, se venía en compañía de la citada Manuela la del Horno a hacerle compañía a mi madre que estaba a lo suyo: la costura; lo primero que hacía era decir: “Justica, voy a echar un sueñecico”; y se dormía. Como todos los vecinos que recuerdo de entonces, era una bellísima persona, algo deslenguada (me decía: “Paquito, tu me perdonas”); según ella, los funerales –misas, entierros- acababan cuando D. Francisco decía aquello de “me meo en tus güesos” (en realidad el texto es “memento quaeso”-acuérdate, Te ruego...-). Este matrimonio, tengo entendido, había sufrido represalias al acabar la guerra. Frente a ella había otra señora mayor, la tía Beatriz, que también bordaba o hacía encaje de bolillos.

-Siguiendo hacia la Iglesia y en medio de la Cuesta de la Umbría recuerdo de muy niño ir con mi primo Emilio Cazorla a jugar a casa de su vecino Pepe Enrique -su hermano es Néstor Ávila.

Del subconsciente me aflora la imagen de su madre aplicada a la máquina de coser mientras los niños jugábamos en el amplio portal que separaba las dos viviendas; también a veces se me representa leyendo alguno de los innumerables libros que por allí había. Quizás (no puedo recordarlo) fuesen un estímulo para iniciarme en la lectura: si ves un objeto inusual –en mi casa no había libros-, te apetece tocarlo, o jugar con él, o usarlo, etc; yo recuerdo de aquella infancia leer unos cuentecitos que recibía periódicamente en su TIENDA, la única que de la calle y que tenía de todo lo que había entonces, Jesús Herrera, padre de Encarnica Herrera, casada -y enviudada- con Paquito el de Arturo: aún vive en la misma casa de entonces, creo. Por lo visto no seguía la colección de cuentos, pero Jesús me iba dando largas citándome para la semana siguiente; yo acudía puntual deseoso de encontrarme con un nuevo fascículo –se llaman ahora-, pero me llevaba una decepción tras otra, semana tras semana hasta que lo di por imposible; de dónde sacaba el dinero, no lo recuerdo pero bien podría provenir de botellas y flores de “sabuco”, como decíamos entonces, que vendíamos en sacos a la Botica, instalada en esa época junto a la talabartería, en dirección a la Iglesia desde el Cantillo; me lo ha recordado el anuncio en la tele de algún producto que incorpora el saúco a su composición. Junto a la tienda de Jesús, en una habitación amplia, tuvo su primer taller de carpintería un jovencito –aún lo es- Pedro Antonio Lorenzo, padre del actual Alcalde; con él pasé muchos ratos de tertulia y compañía. Por entonces ya había cesado en su actividad la carpintería del tío Juan Herrerías que vivía casi enfrente. Otro carpintero que vivía en la calle era el Viruta, aunque este tenía el taller en la Venta.

Paco Cánovas.

lunes, 28 de junio de 2010

ESCENAS DE MI CALLE I, POR PACO CÁNOVAS


Para los que no la sitúan en el plano de Serón, les diré que es la que baja más directamente desde la Ermita de la Virgen hacia la Iglesia, dejando a su derecha la subida al Castillo y el resto del pueblo.

Comenzaba en su baldosa izquierda, como toda calle que se precie, por una taberna: la taberna del Sordo (creo recordar que era pariente mío y tenía un hijo de nuestra edad). A su lado, en dirección a la Ermita, había vivido una familia que emigró a Cataluña antes de la guerra. Una de las hijas, Carmen Herrerías, se había casado con mi tío Paco Domene, hermano de mi madre: sus familias vivían pared por medio en dirección a la ermita. Este matrimonio era de ideología muy de izquierdas. Participaron activamente en las movilizaciones políticas en Cataluña y durante la guerra cayó él herido en el frente de Aragón. Se refugiaron en Francia, viviendo –creo- en Draguignan, hasta su regreso en los años 50 a instalarse cerca de Barcelona. Al otro lado de la taberna, y ya en dirección a la Iglesia, estaba la casa donde los Cantariles pusieron la fábrica de gaseosas. A continuación vivía Martirio, siguiendo a ésta el tío Juan Martín. Le seguía el tío Juan Herrerías y su yerno Pepe el de Julio, la tía Pilila, Antonio el Farruco, Josefa la Ratona, el tío Antonio el Pintao y los Chorrillos también compañeros de juegos, amén de algunos más que no recuerdo. En la baldosa derecha recuerdo al tío Juan Vacas, “capaor”. Al lado de éste vivía entonces el Viruta. Después Jesús Herrera. No quiero tampoco dejar de mencionar a la “maestra coja” con cuyos nietos jugamos: andando el tiempo me encontré en Vélez-Rubio con su inteligente nieta Trina, que era profesora y estaba casada con un compañero también profesor del Instituto. Vivían junto a Jesús Herrera. Hasta el Callejón vivimos Enrique Martín, Encarnica la Cereña –recientemente fallecida- y nosotros. Y junto al cañillo estuvieron viviendo algún tiempo los Garullas del Molino, que compartieron juegos con nosotros en su espacioso portal. Después seguía la tía Beatriz y Manuela la del Horno, bifurcándose a continuación en la calle que subía al Castillo –parece que Néstor la cita como del Príncipe, con María la Tonta como primera vecina- y el inicio de la Cuesta de la Umbría.

Nuestra calle era un mundo en pequeño: había de casi todo, casi se autoabastecía; no podía ser menos en aquella economía de subsistencia.

Empezamos por el Arte. Todo Serón (e imagino que la mayoría de los pueblos) era muy aficionado a practicar la MÚSICA, bien con instrumentos de cuerda (bandurrias, guitarras, etc., que curiosamente se practicaban mucho en las barberías: la de Gabriel y, especialmente, la del Chachiro) bien con los de la Banda -sobre ello escribe muy bien Néstor que es un erudito en la materia-. Esto aparte de los concertistas de Piano y Violín cuya efemérides se celebró estos años atrás, sin información adecuada por no estar seron.tv en la Red todavía; y de los estudiosos del piano más recientes (años 50 y 60) como, por ejemplo, la hija (¿se llamaba Inmaculada?) del tío Antonio Domene el de la panadería, la hija de Rogelio el de la tienda de la Plaza (¿era Emma? ¡qué memoria más desmejorada tengo!) y supongo que aún hay más ejemplos. Era de buen tono en la época.

Algunos protagonistas tenemos en la Umbría.

Cuando yo era niño, mediado el siglo XX, proporcionaba nuestra calle varios músicos a la Banda: El mayor era el tío Juan Herrerías, carpintero de profesión y músico por afición cuyo instrumento era el bombardino, como señala Néstor en su artículo sobre la Banda. A su lado y casado con Enriqueta, hija del tío Juan, vivía Pepe el de Julio (hijo de Julio el del Auto) que tocaba el clarinete mejor que Benny Goodman, sobre todo en los bailes formando conjunto con el trompetista Enrique Maqueque, el saxo “el Currillo” y a la batería el hijo de Pepe, Antoñín, como ya he citado en otra ocasión (a veces yo rompía el ritmo con las maracas). El citado Antoñín también tocaba en la Banda (creo que el clarinete). Algunos años más tarde apareció nueva savia: calando sus gafas a lo Manuel Azaña se incorpora Néstor Ávila y su trompeta al “terrao” de su tía Encarnica, vecino del nuestro y escenario de sus ensayos y tertulias con mis hermanos Juan y Pepe; por esa época, como recordarán los coetáneos, la superficie del terrado estaba impermeabilizada con greda –entre nosotros “tierra roya”- que se agrietaba en verano por el sol y debía ser repuesta para la época de lluvias so pena de que las habitaciones soportaran innumerables goteras que, al golpear sobre los cubos de zinc y cacerolas, componían una original “música acuática”: nada que ver con la de Händel

En otros estilos musicales había también otros músicos.

Siguiendo Umbría adelante y ya para iniciar la subida al Castillo, antes de acometer la Cuesta de la Umbría, vivía Manuela la del Horno: su hijo el Juanitín era famoso por tener gran maestría en el arte de tañer la bandurria.

Debemos hacer alusión a la colaboración que los vecinos del Castillo, los gitanos, hacían con su cante al ir al cañillo de la Umbría a llenar sus cántaros de agua. Las malas condiciones de seguridad –recuerdo algún corrimiento de tierras- y salubridad de su hábitat hicieron que paulatinamente fuesen abandonándolo. Casi sólo quedaron los patriarcas: la Milana y su hermano el Maceo, especialmente habilidoso éste, a pesar de la pronunciada curvatura de su torso hacia el suelo y la escasa estatura, para esquilar los burros; ello no era obstáculo para que coronase siempre su obra dibujando la silueta de un pez en la culata de la bestia lo que habrá dado lugar a conjeturas sin fin acerca del simbolismo de dicha figura.

Y un sonido inconfundible en aquella época en aquella calle era la voz del Luis el Zarza, niño de nuestra edad y amigo entrañable, glosado por Néstor en su historia de Los Zarza: solía pasar la calle a toda velocidad conduciendo su “vehículo” imaginario –coche o camión- e imitando el sonido del claxon con su potente voz a todo lo que daba de sí: debía ser un “vehículo de buenas prestaciones” por lo redondo que sonaba su motor: toda la calle quedaba enterada de su paso; era una premonición de su futuro profesional. Pero hablando de música, del Luis y del Antoñín, me viene a la memoria una “hazaña” en la que intervinimos. Resulta que eran las fiestas del Higueral (creo que son en Septiembre) y fueron a tocar para el baile en su plaza los cuatro instrumentistas: Pepe, Enrique, el Currillo y Antoñín. Como compartíamos los mismos escenarios (calle para jugar, portales familiares, placeta de los Zarza, escuela de D. Paco, Plaza de Arriba, Toleillo para pedir el aguilando en estos días acompañados por las tapaderas y las zambombas y claveteando todas las puertas con clavos de todo tipo: acero, alambre, oro...según se portaban los moradores, como rezaban los villancicos), éramos muy amigos los niños; entonces sin comentarlo con nadie cogimos el Luis y yo andando vía férrea adelante y nos plantamos en el Hijate para acompañar al Antoñín. No calculamos bien lo que aquello iba a durar ni la repercusión en nuestras familias. Se hizo de noche, nos subimos al cajón de la camioneta que llevaban los músicos y esperamos a que la verbena acabara para volver montados. Lógicamente las familias, aunque estaban acostumbradas a nuestras ausencias prolongadas, aquella les inquietó más de la cuenta y tirando del hilo dedujeron que estaríamos los tres niños juntos. Serían las 2 ó 3 de la madrugada cuando aparecieron en un taxi nuestros familiares acompañados por D. Paco el maestro. De momento sólo recibimos una buena reprimenda. Pero al día siguiente, ya en frío, hubo castigo ejemplar: reclusión sin salir de la Escuela al recreo ni de las casas a jugar durante una semana; y me parece recordar que los palmetazos también llovieron generosamente sobre las manos. A pesar de estos guardamos muy buenos recuerdos de la Escuela y de D. Paco.

En especial tuvo el mérito de incorporar a nuestra formación el cultivo de la música que él practicaba por su cargo de sacristán. Participábamos los niños cantando en las funciones religiosas: me acuerdo exactamente de las tardes del mes de Mayo en que solemnizábamos las Flores a la Virgen. También participamos los niños de su Escuela vestidos de monaguillos en una función teatral cantada, supongo que para recaudar fondos para la Iglesia: la organizó, me parece, un sacerdote llamado D. Luis González García; colaboraban con él un grupo de muchachos “desvergonzados” –los telegrafistas, los arturos, etc- que le hicieron una “sucia” jugarreta: tenían que acabar una frase diciendo algo relativo a “desabrochar los botones de mi chaqueta” y cambiaron ésta por “bragueta”, con lo que el pobre D. Luis agarró un cabreo de misa mayor, lo que era de esperar en la sociedad de entonces. Por cierto: tengo noticias de que el tal D. Luis vive en Barcelona y está en un barrio muy deprimido haciendo su labor entre los más desfavorecidos, con sus ya 80 años largos de vida.

La sección vocal musical la componían las modistillas que con el buen tiempo se sentaban a la puerta del taller a coser y cantar: daba gloria ver por las tardes a lo largo de la calle tanta juventud aprendiendo afanosamente el oficio; en verano calmaban el calor degustando los riquísimos chamvis -¡al rico chamviligüití!- que iba vendiendo Carmen la Churrera acompañada de su hijo Enrique y que, aunque eran baratos, no estaban siempre al alcance de niños como yo. A lo más que llegábamos los niños era a refrescarnos bañándonos en cualquier lugar que contuviese agua y, además, en plan nudista (para que digan ahora); por ejemplo en la Acequia de Arriba donde nos daban sombra unos hermosos chopos que han desaparecido, en la de Abajo menos, en los remansos que el río Bolonor hacía a la altura del Cuartel (muy bien podría ser el que aparece en foto del álbum de Rafael Cano y José Luis Túnez), en las balsas de Garrido, Santa Bárbara -donde estuve a punto de ahogarme y aprendí a nadar-, en la del molino de los Garullas, etc, etc. ¡Cuántos disgustos para nuestras pobres madres!

sábado, 26 de junio de 2010


A veces, me cuesta tanto explicarme
que ni yo mismo comprendo
el resultado final de mi propia idea.

Entiendo que el conjunto de cosas
que conforman la parte del cuerpo
situada sobre los hombros,
nunca llegan a un acuerdo;
la masa gris por un lado,
por otro, las derivaciones nerviosas
que se niegan a obedecer
órdenes superiores.

Resultado: el cacao mental
que implica un sobreesfuerzo
inhumano, situando los conceptos
en el mismo umbral
de la puerta de un manicomio
(en el mejor de los casos).

La importancia de sentirse seguro
(¡qué detalle!),
la medicina que todo cura,
alimento de mariposas craneales.

¿Y cuáles son los dominios predilectos
de los huesos que encierran la cavidad
de mis globos oculares?

Mis callejones, allí me muevo
como pez en el agua.
(el que quiera, que se la juegue conmigo)

En pocas palabras:
en sus ciegas claridades
adivino los pasos...
en el inútil rumor de su vida muerta.

Y tan cierto…, en el mismo sitio
que las piedras, hoy cubiertas de cemento,
se adaptaron a su silencio forzoso.
(¡Ahí queda eso!)

Y decidme una cosa:

¿Quién como yo puede medir
mi callejón en su pena y su abandono?

Nadie.

Reconozco su voz al natural,
en el tono, sus secretos
ya perdidos en la inmensidad del viento,
aquellos que en la curva de los tiempos
derivaron en la luna de una bombilla
que tristemente alumbraba
la esquina de punta a punta.

Todo esto, en su conjunto,
la más que probable causa
de mi desorden mental…

(no encuentro otra explicación)

martes, 22 de junio de 2010

CONSEJOS DE ZAPATERO PARA ESTOS TIEMPOS DIFÍCILES


Si se eleva en demasía el precio de las patatas
y las legumbres el Viernes alzan el vuelo
siempre quedarán sardinas aprisionadas en latas
aunque el mal del escorbuto muestre su celo.

Para los más delicados: propongo un muslo de gato
ese manjar exquisito del restaurante más fino
mi perro mando al momento y regresa al rato
con el que minutos antes era un alegre minino.

La siguiente alternativa: el variado de ratas
el producto que un desague nos da a millones
a la plancha, en tortilla, con arroces, en bocatas
¡Ay de aquel desaprensivo que no aprecie los ratones!

Y con estas soluciones al alcance de cualquiera
que no se lamente nadie de su escasez de dinero,
la abundancia en la despensa, en el plato y la fiambrera
os lo dice quien os quiere, (va firmado: Zapatero)

lunes, 21 de junio de 2010

CARTA AMARGA


Mi queridísimo, queridísima, Shai,
de aquellos Shais
que habitaron los territorios
donde las procesiones declinaban
hacia el ocaso:

Llevo, de aquí para allá,
en mi bolsillo roto,
los despojos de un país humillado.

Mi mente aniquilada en el desafío
de la lucha cotidiana;
los hechos me empujan hacia
un abismo plagado de cadáveres.

Cansado de informaciones,
me avergüenzo de la tierra que piso,
mientras que otros optaron
por la aniquilación total,
con inocentes verdades
que evitaban caminos
de vientres famélicos..

Acorralado en un mar de incertidumbres
me cobijo en la penumbra de mi vida interior,
mientras en mi bolsillo roto,
guardo un tesoro
de desencantos.

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