domingo, 19 de septiembre de 2010


Hace unas quinientas venticinco
botellas de vino aproximadamente,
yo tenía diecisiete años
cuatro meses y trece copas de anís del mono.
En ese instante preciso,
estaba enamorado de una calavera blanca.

Abrazaba a mi niña de hueso como a la Aurora Boreal
y entonces desaparecía entre mis dedos.
Desde la percha de su esqueleto
me acariciaba las mejillas con el metatarso,
emocionado casi lloraba.

¡Cuantos días me perdí
mientras contaba articulaciones
en una letanía de números óseos,
como quien cuenta
borregos para dormir
y el sueño desvanece su rosario!.

Adoraba la belleza de sus tibias,
sus vértebras, diamantes en bruto
a falta de una mano de pulimento.

La ausencia de dientes en sus maxilares
explicaba el misterio de su pasión desenfrenada,
seguramente perdidos en besos
de otros lúgubres amores,
dueños un día de la reja de sus costillas.

Yo nunca le pregunté, por miedo a perderla.

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