lunes, 13 de septiembre de 2010


Vamos a ver si me aclaro
porque de un tiempo a esta parte
hay quien dice, con cierta dosis
en cazo de mala leche,
que me estoy volviendo gilipollas
y quiero demostrarle que no es cierto
aunque en el intento muera.

Yo era un niño, muy niño,
mi tamaño, poco más de una almendra
después de alcanzar su grueso definitivo,
tras torrarla en una sartén a fuego lento.
(claro, eso era al principio,
porque unos meses más tarde
llegué a ser como un balón de reglamento)

Por entonces moraba (Umbría dixit)
en una cueva sanguinolenta donde todas la mañanas
se iluminaban con la misma oscuridad,
a una temperatura ambiente
de unos treinta y siete grados centígrados
(grado arriba, grado abajo)

Desde los primeros días
de mis horas más tempranas
empezó a absolverme el sonido de un tic tac,
aunque al principio molesto,
derivó en una música celestial
que me animó a seguir viviendo.

Yo estaba allí tumbado panza arriba
al calor de un sol cuyos rayos
no me alcanzaban directamente,
a veces, me giraba un poco
sin poder darme una vuelta completa.
(cierto es que la estrechez de mi guarida
no daba para muchas filigranas).

Afuera la gente hablaba y hablaba,
(mas tardé aprendí a diferenciar
las personas por sus sonidos)
de vez en cuando, un burro que rebuznaba
y un gallo cabrón que tenia la mala costumbre
de despertarme a las seis de la mañana.
(que se trataba de un burro y un gallo
lo supe después).

Poco a poco iba creciendo
y las paredes de mi habitación,
aunque flexibles, tuve la certeza
que no soportarian
tal presión por mucho tiempo.

Y no la soportaron.

Un día no sé a qué hora,
el mundo me tragó hacia afuera
en presencia de varias mujeres
que ya conocía por lo que cascaban;
me vi envuelto en una toalla blanca
manchada de sangre y detritus,
segundos después que otra de las presentes
me atacase inesperadamente con unas tijeras.

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