jueves, 15 de julio de 2010

Mi amigo Iván, con su padre y su hijo, en la ciudad de Porto Alegre, Brasil, 2004

Mi queridísimo Iván Espinoza,
de aquellos Espinozas
que habitaron los cerros sublimes
que desde la Loma ascendían con parsimonia
al Cántaro Alto
a través de una vereda imposible
en la que el cuerpo humano
sufría un desgaste equivalente
a dos morcillas y una tripa de longaniza:

Desde el mismo instante
de la madre de todas las ruinas,
no veo más luz que la de la Luna negra.

Los rayos del Sol… navajas
que cortan mis vértebras óseas
con el arte de una gitana
que interpreta las líneas tenebrosas
de la palma de mi mano.

Mis sandalias, ya no pisan más que brozas
tiempo ha verdes praderas
cubiertas de rocíos matinales.

En mis callejones, filas de hormigas,
desfilan entre las piedras
dibujando panales de abejas asesinas.

Amigo mío, ya solo me queda el fútbol,
mi futuro en manos del próximo partido
y mi sueño, la mirada turquesa
de una bella Carbonera.


¡¡¡ VIVA ESPAÑA!!! y ¡¡¡ARRIBA ESPAÑA!!!

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