sábado, 7 de mayo de 2011

AQUELLAS ABNEGADAS AMAS DE CASA. POR PACO CÁNOVAS.



La Aurora la sorprende de rodillas
con las manos hundidas en la Acequia.
Ayuna, que es vigilia
y el pan negro escasea.
El reloj del Castillo
pronto abrirá las puertas de la Escuela.
-“¡Vaya ropa de mugre! ¡Estos niños…!”

Matanza navideña,
harina y más harina,
patatas…; en la gavia una coneja
rodeada de gallinas
son la frugal despensa.
Su vida son los hijos,
fuente de menos gozos que problemas.
Comparte con su esposo
el ubio con que arrastra esta carreta.

Y en el eje… la Singer.
El eje donde gira
el tiempo, de ilusión o de condena,
de artista creador de la hermosura
y de esclava cadena.

Siempre son vísperas de alguna fiesta:
El Cántaro, La Loma,
la Virgen, comuniones… y las priesas.

La moda en figurines de modistos
de allende las fronteras
encandila los ojos soñadores
y alivia al cuerpo triste su pobreza.

Ilumina el taller
una perilla en pena,
testigo de un fantasma teñido en luto
que, mudo, pedalea.
Van y vienen vecinas;
ríen, lloran… y rezan;
la Parca inexorable
de esta luz se las lleva.

Siente su paulatina soledad,
-niña sola en la acera-;
lentamente su luz se va apagando
envuelta en la tristeza.

Así la vimos viva,
y así es el llanto, inútil, por la muerta.

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