lunes, 11 de junio de 2012

COSAS DE PACO DE GENOVEVA

Epifanio Tocina
Querido Pepe el Chavo; tú y yo somos unos incomprendidos, si viviera Paco el de Genoveva podíamos formar el conjunto "la la lá".

Hoy día Serón corre un grave peligro: el ser invadido por los espíritus del más allá, los que se aprovechan de la miseria humana para ocupar el espacio que correspondió al hombre vivo e ilusionado

Así, cuando una casa se cierra, inmediatamente es ocupada por elementos de ultramundos que, utilizarán todas las artimañas a su alcance para defender el territorio usurpado.

Me contaba Paco el de Genoveva que cuando quedó solo en su casa, sufrió el ataque masivo de aquellos entes que sin permiso de nadie, se habían repartido los escaños que un día pertenecieron a la familia de su padre, Epifanio Tocina.

Con Él pincharon en hueso. Le gastaron toda clase de putadas, pero siguió allí hasta doblegarlos, no sin haberle costado sangre, sudor, lágrimas y unas cuantas botellas de Centenario.

Al principio le encendían y apagaban luces, puertas que se abrían y cerraban sin ayuda alguna; ruidos de cadenas arrastrando por la solana; un baúl que cambiaba de sitio, una colleja de vez en cuando a su propia persona....

Recibió estas circunstancias con las correspondientes dosis del terror humano, incluso se planteó la posibilidad de abandonar la casa. Pero tras dar un repaso a la cartilla y a los recibos de ingreso de su pensión, decidió atrincherarse en defensa de lo que en realidad le pertenecía, la casa de sus padres, en la que habían nacido él y todos sus hermanos.

Una noche, se sentó en la mesa del comedor que tiene las verjas a la Calle Real, abrió una botella, y llenó cinco copas de coñac, una para él y el resto para los intrusos.

Se bebió la suya, la volvió a llenar y vaciar varias veces mientras que las otras seguían intactas. A todo esto, la lámpara del techo se venía abajo; ocho o diez murciélagos que aparacieron de la nada revoloteban locos, perdidos sin rumbo fijo. Más allá, en una vitrina estallaron dos tazas de porcelana de la Cartuja, mientras en la pared el reflejo de una calavera cornuda.

Nuestro querido Paco, cansado de aquel chuleo, vació las copas que allí seguían muertas de risa por el embudo de su gaznate; les dijo a los semipresentes “hasta mañana” con su voz medio cascada y, se fue a sobarla en la paz de Dios Nuestro Señor.

Transcurrieron meses, años y los fantasmas poco a poco dieron la batalla por perdida.

Ellos, me decía Paco, se aprovechan del miedo que producen para anularnos la voluntad  e imponerlos la suya, en su caso era quedarse con la casa.

No tuve más remedio que sobreponerme al pánico, ignorarlos y vencerlos para no tener que irme de alquiler y, por experiencia he sabido que no son nadie, siempre y cuando se les plante el rostro de la indiferencia, antes de que lleguen a meterte el pan debajo del sobaco; lo que vale igualmente para el miedo a los espíritus extratemporales,  así como temporales en cualquier aspecto de la vida. 

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