sábado, 15 de mayo de 2010

(foto de Gustavo Gillman, Serón desde la Ramblilla, 1895)

Vamos a ver, queridos míos:
Fue hace mucho, no se cuánto, pero mucho.
Había en este pueblo calles,
tras las calles, callejones
y en los callejones, casas,
una de ellas, fue la mía.

Desde mi casa,
se olían lumbres de otras casas
y las macetas de sus balcones.

¿Y dónde quedó todo eso?

En la nada.

¡Oh felicidad completa…
fantasías de la infancia!

Recuerdo a mi abuela
con su pañuelo negro
sobre la brillantina espesa
en el amasijo de raíces
de su cabeza blanca,
regada cada mañana
con agua de un cántaro.

Hablaba poco y sonreía
con dos dientes afilados como escarpias

Allí estaba, de aquí para allá,
terminando con su gato pardo
en la inquieta mecedora.

Con mi padre, que se fue
antes de la lluvia de un día de Enero,
contemplaba los truenos del Olivar
desde la ventana de la solana
y después de cada tempestad,
habían crecido los árboles.

Más tarde, un crepúsculo prematuro
llegó en medio del silencio
de una noche a nuestra casa;
desde entonces,
no volví a ver la trilla en las Eras
porque también se mudaron de sitio...

1 comentario:

Becker dijo...

Simplemente exquisito.

¡Gracias por compartirlo!

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